Acompañar, mucho más que tener a alguien a tu lado

La compañia es clave para que las personas mayores (también cualquier persona con discapacidad física o intelectual) puedan llevar una vida normal. Cuando nos referimos a llevar una vida normal no nos limitamos a que mantengan unas rutinas mínimas que les permitan ejercer sus derechos cívicos básicos, sino que entendemos que, para que su existencia sea auténticamente plena, es necesario que estas personas se integren en la sociedad.

 

Los humanos somos animales sociales, en tanto en cuanto la socialización forma parte de nuestra esencia. Es decir, si no vivimos en sociedad y nos relacionamos con otras personas, nuestra personalidad queda incompleta y no desarrollaríamos todas nuestras aptitudes. Por lo tanto, una persona que se haya encontrado largo tiempo aislada de la sociedad pierde inevitablemente condiciones y nociones indispensables para vivir en una comunidad.

 

En este sentido, la soledad es enemiga del hombre. Sostenida en el tiempo puede generar daños irreparables. Este peligro aumenta en el caso de las personas dependientes. Todos conocemos en nuestra familia o entorno alguna persona que no puede valerse por sí misma para realizar una serie de actividades que podemos considerar básicas en nuestras dinámicas cotidianas. Esta dependencia puede limitarse a un conjunto de actividades específicas o a la mayoría de acciones cotidianas. En virtud de la gravedad de estas limitaciones, los profesionales médicos establecen grados de

dependencia. En base a estos grados de dependencia, valoramos qué cosas puede  acer sola la persona con estos problemas y cuáles requieren ayuda.

 

La escasez de recursos, tanto personales como sanitarios a nivel público, implica que la ayuda que nuestros dependientes necesitan para cumplir con sus mínimas funciones vitales, suela recaer en la familia. Asimismo, existen ayudas públicas, las cuales no siempre se otorgan o prestan, que conllevan algún tipo de asistencia, generalmente parcial, para los dependientes.

 

En el marco de nuestras sociedades, cada vez más atomizadas y competitivas, son numerosos los perfiles de personas que pueden acabar cayendo en una situación de dependencia. Sin embargo, existen una serie de colectivos que podemos identificar como de riesgo. Se trata, sin lugar a dudas, de las personas mayores, con enfermedades mentales y con discapacidades físicas o intelectuales.

 

Son personas con problemas manifiestos para realizar algunas actividades que el grueso de la población llevamos a cabo de manera natural, pero que para ellas son un mundo. A menudo, se mueven entre la incomprensión o una compasión distanciada. Lo que está claro es que la soledad aumenta la brecha que ya de por sí suponen sus disfunciones.

Por otro lado, la soledad es una problemática que tiende a acrecentarse en estos casos. La persona dependiente que se siente sola tiende a encerrarse más y más en sí misma, hasta que puede llegar a desear perder todo el contacto con los que la rodean. Por eso, resulta fundamental detectar a tiempo cualquier demencia interrelacionada con la soledad o cuadros depresivos, antes de que sea demasiado tarde.

 

En consecuencia, el acompañamiento es clave para que un dependiente no se  escuelgue de la sociedad. Algo tan simple se convierte en una terapia en sí misma. A menudo, el cuidado de los dependientes por los familiares y núcleos más cercanos genera un cúmulo de sinsabores. Las personas a las que tanto queremos pueden reaccionar de formas bruscas o imprevistas contra quienes nos encargamos precisamente de ayudarlas. Estas experiencias generan sentimientos de resignación e injusticia. Los familiares y amigos hemos de estar ahí y conformar el primer vínculo del

dependiente, pero, en ocasiones, no tenemos los conocimientos suficientes para abordar con éxito estas situaciones tan complejas. De la misma manera, los cuidadores que no somos profesionales también tenemos limitaciones de horarios que nos impiden prestar a nuestros seres queridos toda la atención que sería oportuna.

 

En definitiva, hemos de tener en cuenta la gravedad de estas situaciones y poner toda la carne en el asador para que los problemas no vayan a más. Es obvio también que los familiares tampoco contamos con una serie de conocimientos profesionales (médicos, psicológicos, etc.) básicos para abordar los cuadros más complejos. Tanto nosotros como un asistente profesional hemos de centrarnos en evitar a toda costa el aislamiento de la persona. Decimos persona y no paciente con toda la intención. Hemos de intentar a toda costa que el dependiente no pierda las ganas de participar en actividades sociales (juegos, salir a pasear, conversar...). Todo ello, además, sin ejercer los acompañantes un rol excesivamente protagonista, sino facilitando su autonomía y que tome decisiones de la manera más independiente posible. Existen multitud de productos de apoyo para facilitar esta independencia: sillas de ruedas manuales, sillas de ruedas eléctricas o con motor , andadores, etc. No hemos de recordarle que es un dependiente, sino ayudarle en sus acciones más complicadas. En este sentido, tendremos en cuenta todos los factores de su problemática específica, ya que no es lo mismo comunicarse con una persona sorda, ciega o senil.

 

En conclusión, acompañar significa también tener empatía, en todo el sentido de la palabra, es decir, saber qué siente nuestro compañero y comportarnos de manera que él se realice. 

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